Los Goya o el sopor

Cada año cuando se acercan los goya uno se pregunta si esta edición será tan aburrida o mala como la anterior.
Los Goya

Otra vez me ha vuelto a ocurrir. Lo confieso. Este año pensé, semanas antes de la ceremonia, que quizás tuviese suerte y algún compromiso de trabajo o personal me impediría ver la gala. Podría ser una función de teatro que ya me hubiese comprometido a ver con antelación, un concierto al que me hubiesen invitado y no pudiera rechazar, un viaje inesperado, una cena romántica... Nada de esto ocurrió. De hecho fui tan incauto que incluso me dejé líar para ir a ver la ceremonía a casa de un amigo. Seríamos un grupo de conocidos, con algún amigo presente en la ceremonía, con los teléfonos preparados por si premiaban a algún amigo común.  En fin, toda la parafernalia que yo había querido evitar. Menos mal que al final hubo suerte y el amigo que había ofrecido su casa avisó de que su hijo pequeño estaba enfermo y no podíamos desembarcar allí todos con el consiguiente jaleo, ruidos y molestias para el niño y la familia. Pasada la medianoche, cuando aún no habían empezado a repartir los goyas gordos​ (que no importantes, importantes son todos, sobretodo para el que lo recibe) me dió por pensar lo incómodo que habría sido estar en casa de mi amigo con el niño llorando en la habitación contigua.

Pero ya era tarde, ya me había colocado la 29 gala de los Goya en la cabeza, en la agenda, en el pensamiento. Ya me tocaba decidir si intentaría ir a la ceremonia (la dificultad de los últimos años para conseguir una entrada y el acierto  de llevarse la gala a casi 20 km de Madrid por la carretera de Barcelona hace que esta duda sea cada vez más fácil de disipar), si me acercaría después a la fiesta para ver a conocidos y amigos (la hora final de la ceremonia se encargó también de resolver esta duda), o si la vería entera por televisión, como de hecho ocurrió. Cierto es que se trataba de un año especial, el año de la reconciliación del público con el cine español, de los records de recaudación, del puñado de buenas películas, excelentes directores y actores, grandes revelaciones. En fin, que al final me la tragué de principio a fin.

Y la vi entre la incredulidad y el creciente aburrimiento. No es posible, me digo cada año, que un equipo de profesionales del cine y de la comunicación no sea capaz de controlar la duración de la gala. No es posible que la academia no sea capaz de convencer a los nominados de que deben decir algo más interesante que los consabidos, cansinos y repetitivos agradecimientos a toda la familia y amigos. No es posible que alguien piense que Alex O'Doherty pinta algo haciendo (¿?) lo que quiera que haga con el micrófono y los instrumentos de juguete que lleva. No es posible, en definitiva, que la gala acabe aburriendo hasta los monos. Un año más la Gala de los Goya ha sido un sopor. 

Y todo ello a pesar de Dani Rovira, que peleó con energía por mantener a flote el barco, con gracia y desparpajo y con la ayuda (a veces) de un guión no demasiado malo.  Pero el hombre llega hasta donde llega. No es culpa suya, ni está en su mano ponerle coto, que los premiados, los invitados y los números musicales fuesen en contra de un ritmo minimante ameno, interesante, entretenido. El resultado, casi 4 horas que parecieron incluso más largas y una audiencia que confirma la idea que tenemos algunos de que el público televisivo es masoquista. La gala comenzó con un share del 18 % y fue subiendo hasta acabar con un 27 % y más de 3.883.000 espectadores de media, casi el doble que el siguiente programa en audiencia. La cosa acabó a las 1:45 de la madrugada, una hora después de lo previsto por la propia organización. Ni la alegría de ver premiado el talento de toda la troupe de La Isla Mínima​ o la inmensa Bárbara Lennie me compensó a mi del aburrimiento.

Volverán a repetir el error el año que viene?