El cielo protector, Paul Bowles

La vida de Paul Bowles da para una película, muchas veces el personaje que construye para sí un autor es muy superior a su obra.
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Paul Bowles se hizo famoso por vivir en Tánger y por fumar gloriosos canutos de hachís. Además, para los estadounidenses era todo un mito: alguien capaz de preferir Tánger a Nueva York renunciando a la gran metrópoli como medio de afirmarse frente a los demás; sólo un loco puede preferir Tánger a Nueva York. Por la casa tangerina de Paul Bowles pasó lo más selecto de la generación Beat, además de Tennessee Williams, Truman Capote, Djuna Barnes y otros.

La vida de Paul Bowles da para una película, muchas veces el personaje que construye para sí un autor es muy superior a su obra. Paul Bowles representa ese arquetipo como pocos. Su literatura no es excelente, su figura en cambio resulta apasionante. ¿Se esmeró Paul Bowles por engordar esa figura o fueron los otros quienes mitificaron la vida marroquí del escritor americano? Me pregunto hasta dónde llega la propia voluntad en la construcción de una máscara.

Escrito en tercera persona, con una técnica muy elemental y heterodoxa, El cielo protector narra las accidentadas vacaciones de un extraño trío norteamericano: un joven matrimonio y un amigo de ambos. El matrimonio atraviesa una crisis y el viaje por el desierto africano parece planeado como trampolín para saltar a la estabilidad. Siempre salimos a buscar ahí fuera algo que nos falta dentro. El hombre es un ser en falta, que dijo Jacques Lacan. Cifrar la carencia como algo numeral es un error que nos lleva a emprender viajes absurdos, a huir o a plantear la vida como una constante huida. Los personajes de El cielo protector vacacionan sus problemas creyendo que en el exotismo desolado del desierto podrán encontrar aquella carencia, aquella felicidad perdida. Lo que encuentran es un dislocamiento con la realidad: el Sahara no tiene compasión con los desorientados, en Manhattan siempre puedes preguntarle a alguien cómo llegar a Central Park.

La novela tiene a veces aspiraciones metafísicas: el cielo aquí es muy extraño. Cuando lo miro, a menudo tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás. El cielo protege al hombre de la nada, una revisión de ese mito religioso: Alguien le había dicho una vez que el cielo esconde detrás la noche, protege a la persona que está debajo del horror que hay arriba. Ese parece el propósito de Paul Bowles a lo largo de las páginas del libro, dibujar la indefensión del hombre Occidental desposeído de su entorno, un entorno a fin de cuentas ficticio, pues la verdad del mundo no son las catedrales y los rascacielos. La verdad del mundo es la lucha del hombre por dominarlo.

La cultura norteamericana, que explica los procesos históricos mediante el mito del individuo y el espectáculo ajeno de la historia, está en juego constantemente en la narración, el protagonista (Port), egocéntrico y atormentado, dice: —¿Humanidad? —exclamó Port—. ¿Qué es eso? ¿Quién es la humanidad? Te lo diré. La humanidad es todo el mundo salvo uno mismo. Entones, ¿qué interés puede tener para nadie? Los americanos miran con escepticismo la historia, desconfían de ella. El bagaje del pasado es un lastre para el salvaje Oeste, y el americano medio contextualizado en un desierto se pierde porque como dijo Borges no hay laberinto más implacable.

Poco antes de su muerte leí una entrevista en la que afirmaba el viejo Bowles que fumaba hachís a diario; decía que el primer canuto del día le clavaba a la silla y ya no se levantaba hasta bien entrada la tarde. El cielo protector fue escrita en los años cuarenta, no fue hasta la adaptación de Bernardo Bertolucci que subió a los altares de la consagración. Yo creo que la novela no alcanza a obra maestra, no llega a la excelencia y está sobrevalorada. Demasiadas páginas de relleno en las que no se cuenta nada imprescindible; poca amplificación en las ideas centrales. El cielo protector forma parte de esos libros que se escriben para explicar algo, por ejemplo, que la vida es terrible y diamantinamente falsa; pero destila poco amor por la palabra, un uso excesivo de los diálogos que no conducen a nada y una trama que queda bien en la gran pantalla.