Trazos de luz: azules, amarillos, menos rojos

Dar su espacio poético a un objeto es darle más espacio que el que tiene objetivamente. (G. Bachelard)
"Negro sobre azul". Carretera Central, Puerto Rico, 2011 © Díaz-Maroto

Podría decirse que en la fotografía la realidad viaja a un espacio imaginado. Es el espacio para el que una mirada poética crea. Podría decirse –usando a Eliot- que el de la fotografía es un placer mirón de imágenes que a primera vista no se nos dirigen. Toda imagen suspende un momento que, al contemplarlo, dispara un antes y un después que emulsionamos en nuestra memoria. La imagen afirma la presencia de una ausencia: fotografiar para no morir –dirían Blanchot o Foucault- o lo mortal suspendido en el tiempo de la imagen que es su espacio peculiar. Podría decirse que el grado de ausencia o presencia de luz induce a una mirada memorable de lo que ocurre, donde el blanco y negro remite más a un pasado latente, el color a un presente fugaz.

Lo que sí puede decirse es que en este álbum de fotografías, el azul, primera palabra del título, es predominante, la sábana vital sobre la que se proyectan rostros, manos, cuerpos, su tiempo. Color de la contraportada, en la portada, sobre esa gama fría, aparecen unas manos morenas en el acto de escribir sobre una tarjeta blanca los datos personales de su pasado. Leemos: “[Héctor] Vinent Charón/[campeón] olímpico/ Barcelona 92/Atlanta 96/ 63,5 Kg CUBA”. Sabemos, entonces, que son manos desenfundadas afirmando su razón de ser boxeador. Una sola imagen adensa significados sobre la mesa y masa azulina: una tarjeta blanca, una tinta añil, unas manos liberadas en su piel. Y el paso del tiempo, porque el tiempo pasa -obviedad o convención- pero que al enunciarse pone en evidencia, no su lamento, sino su incorporación gráfica. Son, en conjunto, imágenes que recorren un breve pero intenso período (2008-2014).

El libro se abre y cierra con una doble página en negro y, de seguido, con una imagen doble, en dos bandas (crema sobre azul), de una agrietada pared marroquí: una llamada en simetría y sordina para todas las imágenes. Pasamos página. Imagen doble de los tejados de La Habana: de la pared al cielo. Pasamos página. En la apertura, sobre doble fondo negro, título y autoría en la derecha y, a su izquierda, una imagen connotada de una esquina en doble tono azul-ocre, cableada, desconchada, húmeda (texturas que son otras veces resoles, manchas diagonales); porque ahí, en sus adjetivos, se deposita y afirma el paso del tiempo, y porque en las esquinas la mirada de este fotógrafo manifiesta su personalidad dinámica, descubre un lugar de encuentro o revela lo que se oculta, el quicio donde irrumpe una mirada deliberada, que mira y es mirada. Se diría que a esta visión le interesan aquellas superficies en las que se acumulan capas de significado, y la belleza que respiran imágenes de una realidad y materialidad ajada.

El libro no tiene páginas y, en un tiempo de fotolibros, hace pensar en que las imágenes estén colocadas según un orden (cinco textos dan entradilla a como secciones) pero para que el espectador pueda elegirlas casi al azar o dictado de un orden subjetivo. Esta mirada ha dispuesto series de fotografías donde domina la presencia del espacio o su habitación humana. Primera serie de este pase. El espacio español. Una fotografía de un edificio abandonado con una ventana y, a través de ella, un corte marítimo, tan nítido que es casi espejismo, en el sentido de que no sabemos si lo que vemos –el mar- lo estamos mirando tras el marco o, en su vacío (espejo), lo estamos mirando como reflejo de un espacio fuera del límite de la imagen.

"Con vistas al mar". Cabo de Gata, Almería, España, 2009 © Díaz-Maroto

 

El color cubano. Después de unas imágenes despobladas, un tanto desoladas, casi devastadas, aparece –el detalle cubano no es menor- la presencia humana. Y lo hace de modo incidental: el contrarretrato de dos jóvenes de espaldas, semigirados y enfrentados, en dos planos y distinto enfoque sobre el manchón azul de la pared. El de piel negra, en primer término, mostrando su vigoroso cuello, con la cabeza inclinada, casi resignada; el de piel melada, en borroso término, de mirada más equilibrada, apoyado, con gafas y una mano en la cintura, en pensativa actitud de espera. ¿Nos habla esta foto de la desesperanza? Rezuma, en todo caso, una gran empatía. Casual y cómplice es otra estampa en que el fotógrafo nos da un hopper: fuera la gama fría; la gama cálida dentro, en un verde eléctrico que para y prolonga a los personajes (una camarera y un cliente) en un tiempo solo de palabra en la mirada.

"Bodega el Apache". Regla, La Habana, Cuba, 2013 © Díaz-Maroto

 

La vista brasileña. En casi ninguna imagen está la presencia física del autor. Hay una excepción reveladora. Un autorretrato cuya característica es la ausencia del retratado, o la presencia sutil a través de una sombra que se proyecta -en continuidad e integración de lo que parecen sombras de ramas de un árbol- sobre un conjunto pajizo de tablas verticales. Y para potenciar la levedad y el contrapunto, en primer término un cartel algo doblado con la imagen de un “candidato” político, asomando complicidad o ironía. En la última imagen (marroquí), cortada por una línea en claroscuro -cuña de luz (de arriba izquierda a abajo derecha)- un foco alumbra los pasos de dos personas (calvas, pantalones y camisas –blanca hacia la luz, azul hacia la sombra) que caminan en retirada ante una pared con pintadas. Es el fin de la jornada, del papel que juegan en esa vida, y de la representación de la fotografía. Telón temporal.

"Autorretrato". Comunidad Río Cueiras, Amazonas. Manaus, Brasil, 2010 © Díaz-Maroto

 

La mirada moderna. En una imagen alemana, lo que surge ante los ojos es la observación de una viajera, de mirada oblicua, en un asiento bajo el letrero de una estación de tren. Para captarla, la escena aparece desdoblada en reflejos sobre un cristal –la ventana de un vagón- desde donde parece se ha sido –y es uno- testigo. Casi al modo narrativo de un diCorcia, este mapa de reflejos –desde las letras de la estación- es significativo, pues si entrama las bandas ocres y azules hasta en el letrero, la ropa o el contínuum rojo de papelera y bolsa, sobre todo invade a la figura misma (desde donde mira), dando una dimensión imaginaria, casi mítica, a la espera (hacia donde miramos): casi una penélope que tejiera su tiempo en un espejismo. En otra imagen búlgara, la contraposición visual (ecos de Gay o García Rodero) se atenúa sobre un único fondo frío de un acceso de metro. Del lado de la cámara discreta, sobre una escalera que solo intuimos, la diagonal de una barandilla metálica atraviesa a dos personas a punto de cruzarse en sentidos diversos (salida/entrada, subida/bajada, negro/blanco). No se miran, no parece que se hayan mirado un segundo antes ni que lo vayan a hacer un segundo después. Dos expectativas que un encuentro parecería proyectar sobre su horizonte, neutralizadas: ausencia de mirada, presencia de silencio. Aquí lo único que habla es un cartel en un alfabeto que pone su nota abstracta y una flecha de diseño hacia abajo que ayuda a mirar el momento.

"Espera". Estación Berlín Ostbahnhof, Berlín, Alemania, 2008 © Díaz-Maroto

 

De elegir una fotografía, algo que siempre se pide, escogería Negro sobre azul. Sobre el fondo lluvioso de un parabrisas, en avance sobre la carretera, surge un retrovisor en sombra a la izquierda y, a su derecha, algo que ocupa el mismo lugar opaco, pero que no lo compone un objeto sino el movimiento en sombra de un brazo alargado, resuelto en la figura de una mano. Esta huella es la intervención y habitación del artista en el momento que se está obteniendo, objetivando y enmascarando su leve presencia subjetiva (concepto evidente en García-Alix), e interviniendo en lo que se supone es ofrecido a la contemplación. Es el gesto del fotógrafo.

Estas imágenes cumplen a la (im)perfección la cualidad atávica y poética de la fotografía: la de llevarnos a contemplar no tanto el lugar donde ocurren las cosas, sino a la reelaboración vivencial de (y desde) donde las cosas ocurren. Citando a Barthes, diríamos –paradoja difícil de interpretar- que es su analogía emocional, es decir, que nos mueve. Saltando por encima de la vanitas barroca, escribimos –con Quevedo- que en estas imágenes “asiste lo vivido”, en el sentido de ser y estar presente el pasajero y lo pasajero, y en el de la vida que en la fotografía se aquieta hasta hacerse latido. A esta mirada le interesa tanto lo humano que parece que se va a quedar a vivir dentro de una fotografía (suya). Pero le espera otra mirada, en otra parte, una cerveza… Ocres, azules, los colores del pasajero no en una playa cualquiera.

(José María Díaz-Maroto: Azules, ocres, y el paso del tiempo, Madrid, EspacioFoto, 2014)